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NO HAY NADA QUE ESPERAR

Enviado por Ana Montrosis el 03/02/2008 a las 05:12 AM
Ana Montrosis

No esperaba verlo tan pronto.Sabía que aquel instánte sería único e irrepetible entre toda la diversidad que cohabitaba en el ambiente.Estaba sentado con las manos entre sus labios, la espalda encorbada y las piernas jugaban a conquistarse como niños desproteguidos en las huidas que a veces perseguimos y no podemos atrapar. Nunca supe si se sorprendió o me esperaba, en su mirada había un extraño acento extranjero. Me sentí primitiva, disminuidamente estupida. Eres tú me dijo. Si la misma. Te ves distinta respondió nervioso. Había cambiado, claro  que había cambiado,había teñido mi cabellera y mi cuerpo se habia reducido a escobros movedizos, mis palabras calculaban cada sonido y mi mente no divagaba ni al Norte, ni al Sur.No pude disfrutar la taza de té que me sirvió con tanta delicadeza, un té inglés sin sabor a hoja,  negro y amargo como las horas funerarias en las que pasan las epopeyas nocturnas. El aviso de una copa en el suelo nos distrajo por unos segundos, mientras mi saliva amarga se acomodada lenta a traspasar mi gargante en sequía, la sequía que quiere ver fluir el agua de la lluvia de abril. Me deje caer a su lado,su mano recogio la mía, la observó detenidamente y no gesticuló ningún movimiento. En sus ojos tenía la ira de la muerte, una muerte profunda y dólida, una muerte descabellada y oscilante. Lo amas me preguntó. En su tono estaba la respuesta no necesitada. La respuesta estaba en el perfume de la habitación, sin espera, sin otra oportunidad, sin nada que encontar, porque no había nada que esperar.No lo sé, le dije, no sé que hago atrapada entre cadeveres  sin sangre, No sé si amo o necesito otra guerra, otra guerra como la que tú y yo perdimos, aquí en este mismo infierno.Solto mi mano y la guardo entre mis faldas, mi mano derecha le pedía a la izquierda que la cuide, que la acaricie, que no sude sus equivocaciones, que disimule su fatal desición. Me saque sin que se diera cuenta el anillo y lo guarde en el bolso, mientras saque una pequeña foto. Es ella, le repetí varias veces, es ella, mirala, por favor, mirala, tiene tus ojos y tu precaria sonrisa, si respondió, es igual  a mi, es igual durante el día que pasa por la ventana, pero en las noches cuando duermo en mis pesadillas la desconozco y al despertar la vuelvo a buscar entre las sombras de esta inmunda habitación y canto aquella canción tierna y primaveral cuando la esperabamos con la inocencia de nuestra anciada juventud,¿ como esta mi niña Isabel?,como está......, me recuerda, acaso le has dicho que aún la amo. No, le repondi,lo lamento ella casi no recuerda nada, ella ha olvidado tu voz y tus espectáculos, ella ha encontrado un nuevo padre, un padre que ama la soledad de sus esporádicos recuerdos, un padre que no piensa más que en sus pasos nuevos, un padre que vigila sus sueños y avanza de su mano, incapaz de asesinar sus primeras alegrías.Se levanto furioso de la silla. Senti en esa mirada, la misma mirada asesina que intentó un día acabar con nosotras, nosotras sus mujeres, sus pequeñas vidas, nosotras que lo amabamos tanto, nosostras que lo dejamos desnudo en está cárcel fría, fea y tristona que acompañan los mismos tropiezos de sus condenados días.

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El balde de uvas

Enviado por Ana Montrosis el 21/01/2008 a las 05:17 AM
Ana Montrosis
Era necesario decirselo, cada vez que me miraba volvian los recuerdos de niña tristona en la cosecha de uvas que se derretian en mi boca. El balde con aquellas uvas azulinas molidas ante mis pies era mi único desquite. Se lo dije de a poco como se dicen las mentiras guardaditas en cajitas de muñecas de porcelana, para no quebrarlas, para no dañar en ella la escasa belleza que aflora solo en la sonrisa de niña huérfana. Me miro detenidamente, su cabello negro recien teñido se montó en mi hombro y me envolvieron sigilosamente hasta soltar aun mi pequeño llanto.Es tu culpa, le dije enfadada, es tu culpa no poder aguantar tanta soledad en tu vulgar ausencia, es tu culpa que busque que otros coman de mis balde de uvas y me quede con la angustia de no quererte, de no amarte sin este maldito odio de infante cortada, cortada de vendimias estacionales que se reiteran sin sanarme en este inseguro sanatorio. Me volvio a quitar el rostro de madre enferma, se alejo de nuevo de mis fantasmas otoñales, llevamos treinta y ocho años sin hablarnos sin comer del balde de uvas.
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